¡Basta de mirones! ¿Quién se anima a ponerme la mano encima?

  

«Pierde lo trascendental y gana la superficialidad», leo en el artículo Los Jóvenes españoles, de liderar la Lucha climática al Desencanto, que aparece en Noticias Positivas sobre el preocupante descenso del ánimo de los jóvenes con relación al asunto del cambio climático y, como si fuese la gota que colma el vaso, desenvaino la pluma para sacar a la luz —y poner fin con ello— a todos los fantasmas que pueblan mi castillo.

 

Lo positivo de la noticia, y espero que sirva para levantar ánimos caídos, es que durante los años en los que se basa el estudio hecho por la encuesta ha surgido un nuevo tipo de protesta, activa, que no cesará tan fácilmente y que a base de bofetadas esporádicas de desorden público nos va sacando de ese estado hipnótico y adictivo al que nos empujan, y al que con tanta ligereza nos dejamos llevar, que todo hay que decirlo. Así que gracias, una y mil veces, a todos los que en lugar de seguir silbando se molestan en cortar el tráfico hacia los centros de producción y exterminio, en manosear marcos intocables de cuadros inabordables de artistas inconmensurables, en rociar con pintura memeces envitrinadas en centros de adoración del pasado o directamente aparcarse en las escaleras del congreso para ver si desde allí consiguen que lean de una puta vez los informes de desertificación que llevan años escribiendo, en fin, ¡gracias!, insisto, y ánimo, mucho ánimo a todos los que siguen ahí, interrumpiendo de vez en cuando esta estúpida paz idílica de turista en la que vivimos.

 

Te espero en el Prado de 10 a 20, domingos y festivos de 10 a 19, ven sin llamar 💖 y pasaremos un buen rato. (Trae pegamento)

 Sé que ya lo saben, pero no me importa ser pesado con esto. Asistimos, en primera fila, a un proceso ya avanzado de decadencia moral propio del final de las civilizaciones, que, por no saber vivir en coherencia con el entorno y mantenerse en equilibrio con los valores que definen a sus seres componentes, abordan como histéricos las épocas prosperas para luego hundirse en el caos con la misma elegancia y velocidad que lo hizo el Titanic en el Atlántico. No hay nada que hacer con respecto a la decadencia, es imposible evitar que se hunda el Titanic; ambos son problemas de construcción que firmaron sus sentencias ya desde su nacimiento y ahora ya es tarde para solucionarlos. Pero que sea tarde no quiere decir que no haya que seguir intentándolo, no se trata de una carrera que haya que ganar, ya está bien de ganar y perder, de competir y de ser el único y el mejor se trata de una carrera que tenemos que correr.

 

Sucedió ayer, sobre las cinco de la tarde, dos niños jugaban a la pelota en la plaza de un barrio de la ciudad de Breda, de la civilizada Holanda, cuando un grupo de jóvenes de entre trece y quince años, arrastrados por una de las hembras de la manada que debía andar subida de calores decidió mostrar públicamente esa falta de moral de la que hablaba antes. Entre patadas y empujones, especialmente contra el niño marroquí, hizo las delicias de su público que no dudó en apoyarla e incluso colaborar en el juego hasta que los niños salieron corriendo en busca del padre más cercano. Cuando me encontraron y contaron lo sucedido fui a buscar a la niña para decirle las cuatro cosas que se dicen en estos casos y que durante siglos han dirigido con éxito el camino del niño hacia el ser adulto pero que hoy parece ser ofensa grave al derecho o a la libertad del menor, ¡quién sabe!, quizás sea por llevar implícita una fuerza bruta superior que condiciona el aprendizaje de una forma que ya no se acepta y que nuestra sociedad del bienestar y el malvivir cree haber desterrado del alma humana así porque sí, ¡plof!, por el peso de la razón y la fuerza de la repetición, completamente ajena a los fundamentos inconscientes del alma y poniendo en su lugar atractivos métodos basados en la tecnología multinacional como Twiter, Tiktok o Facebook. ¡En fin! Supongo que ya se imaginan ustedes la que me cayó encima, ojalá lo hubiese sabido yo en aquel momento.

Cuando seguir hablando dejó ya de tener sentido, si es que en algún momento lo tuvo, y los machos del grupo vieron que su hembra no podía zafarse de mi firme y amenazador dedo índice extendido que la mantenía encerrada en un pequeño espacio y ya se estaba cansando de solo señalar tomaron su lugar y sonó la campana del primer asalto. Una mano me quiso apartar… Esa mano te la vas a comer… ¿Es que me vas a pegar?… Ya saben cómo va esto, primero se hace el gallo, luego el toro bravo y luego la princesita arrepentida. Solo faltaba empezar, como digo, cuando se me apareció el mismísimo Dios en forma de dos madres que ya se conocían el percal y que habían dado aviso a la policía que ya estaba de camino; de no haber sido así, un servidor, estaría ahora en una caja o a la sombra en espera de juicio, que casi es peor, por haber hecho no solo lo correcto sino lo inevitable por mi condición humana de origen animal, cosa descartada totalmente de nuestro sistema legal y, por tanto, del alma humana, ya que nuestra sociedad se fundamenta en el útil concepto del hombre como descendiente de un Dios único, ni más ni menos, que ha puesto la creación para su servicio y disfrute. Fundamento que, como ven, fundamenta a las mil maravillas este sociedad que sufrimos.

Todo acabo bien, si es que le decimos bien a que no haya sangre en el suelo. Fui acusado de violencia por los quince menores, evidentemente, pues tal era su juego y la policía los escuchó con atención y tomó sus notas, después interrogó a los adultos presentes y a los testigos que presenciaron la escena, finalmente compararon notas y decidieron… —Gracias a Dios, de nuevo—, no presentar cargos contra mí por no haber evidencias físicas en el cuerpito de la inocente hija de puta, evidencias que hubiesen sido automáticamente mías de haberlas. Sobre los verdaderamente maltratados, ni palabra; sobre los padres de los miembros del grupo de salvajes, muchos de ellos observando desde sus casas, ni mu y cuando pregunté qué hacer en el caso de que ocurriese de nuevo, señalando que era una posibilidad más que posible, ya que todos vivimos alrededor de una pequeña plaza, el agente nos recomendó la instalación de una cámara de seguridad, que por apenas 100 euros se puede conseguir en el mercado y tiene unos resultados excelentes con un montón de clientes satisfechos.

Ahora la plaza ha sido tomada oficialmente y de por vida por una manada de gorilas en celo; los otros menores, los que parece que no cuentan como menores a no ser que los maltrate un adulto, tienen que cruzarla escondidos para poder llegar a casa o dejarse maltratar hasta que haya sangre en el suelo y, entonces sí, llamar a papá para que avise a la policía y puedan recoger las pruebas, acordonar la zona e iniciar la persecución del sospechoso y el levantamiento del cadáver si es que la cosa se ha excedido. Cualquier adulto presente tiene que mantenerse al margen o intervenir de puntillas, sin tocar, quizás poniéndose a sí mismo como escudo humano, apelando enérgicamente al orden pero sin interrumpir la libertad de expresión del menor y grabando la escena con el móvil, si es posible, para colgarla en Instagram con algún pensamiento profundo de alguna estrella de Batman o de Matrix, y pueda así servir de lección.

Es la ley de la selva, —dijo mi hijo cuando ya había pasado todo—, el grande se come al pequeño.

—¡Qué más quisiéramos! La selva se sostiene; esto no.




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