¡Basta de mirones! ¿Quién se anima a ponerme la mano encima?
«Pierde lo
trascendental y gana la superficialidad», leo en el artículo Los Jóvenes
españoles, de liderar la Lucha climática al Desencanto, que aparece en
Noticias Positivas sobre el preocupante descenso del ánimo de los jóvenes con
relación al asunto del cambio climático y, como si fuese la gota que colma el
vaso, desenvaino la pluma para sacar a la luz —y poner fin con ello— a todos
los fantasmas que pueblan mi castillo.
Lo positivo de la noticia, y espero que sirva para levantar
ánimos caídos, es que durante los años en los que se basa el estudio hecho por
la encuesta ha surgido un nuevo tipo de protesta, activa, que no cesará tan
fácilmente y que a base de bofetadas esporádicas de desorden público nos va
sacando de ese estado hipnótico y adictivo al que nos empujan, y al que con
tanta ligereza nos dejamos llevar, que todo hay que decirlo. Así que gracias,
una y mil veces, a todos los que en lugar de seguir silbando se molestan en cortar
el tráfico hacia los centros de producción y exterminio, en manosear marcos intocables
de cuadros inabordables de artistas inconmensurables, en rociar con pintura memeces
envitrinadas en centros de
adoración del pasado o directamente aparcarse en las escaleras del congreso para
ver si desde allí consiguen que lean de una puta vez los informes de
desertificación que llevan años escribiendo, en fin, ¡gracias!, insisto, y
ánimo, mucho ánimo a todos los que siguen ahí, interrumpiendo de vez en cuando esta
estúpida paz idílica de turista en la que vivimos.
Sucedió ayer, sobre las cinco de la tarde, dos niños jugaban a la pelota en la plaza de un barrio de la ciudad de Breda, de la civilizada Holanda, cuando un grupo de jóvenes de entre trece y quince años, arrastrados por una de las hembras de la manada que debía andar subida de calores decidió mostrar públicamente esa falta de moral de la que hablaba antes. Entre patadas y empujones, especialmente contra el niño marroquí, hizo las delicias de su público que no dudó en apoyarla e incluso colaborar en el juego hasta que los niños salieron corriendo en busca del padre más cercano. Cuando me encontraron y contaron lo sucedido fui a buscar a la niña para decirle las cuatro cosas que se dicen en estos casos y que durante siglos han dirigido con éxito el camino del niño hacia el ser adulto pero que hoy parece ser ofensa grave al derecho o a la libertad del menor, ¡quién sabe!, quizás sea por llevar implícita una fuerza bruta superior que condiciona el aprendizaje de una forma que ya no se acepta y que nuestra sociedad del bienestar y el malvivir cree haber desterrado del alma humana así porque sí, ¡plof!, por el peso de la razón y la fuerza de la repetición, completamente ajena a los fundamentos inconscientes del alma y poniendo en su lugar atractivos métodos basados en la tecnología multinacional como Twiter, Tiktok o Facebook. ¡En fin! Supongo que ya se imaginan ustedes la que me cayó encima, ojalá lo hubiese sabido yo en aquel momento.
Cuando seguir hablando dejó ya de tener sentido, si es que en algún
momento lo tuvo, y los machos del grupo vieron que su hembra no podía zafarse de
mi firme y amenazador dedo índice extendido que la mantenía encerrada en un
pequeño espacio y ya se estaba cansando de solo señalar tomaron su lugar y sonó
la campana del primer asalto. Una mano me quiso apartar… Esa mano te la vas a
comer… ¿Es que me vas a pegar?… Ya saben cómo va esto, primero se hace el
gallo, luego el toro bravo y luego la princesita arrepentida. Solo faltaba empezar, como digo, cuando se me apareció el mismísimo Dios en forma
de dos madres que ya se conocían el percal y que habían dado aviso a la policía
que ya estaba de camino; de no haber sido así, un servidor, estaría ahora en
una caja o a la sombra en espera de juicio, que casi es peor, por haber hecho
no solo lo correcto sino lo inevitable por mi condición humana de origen
animal, cosa descartada totalmente de nuestro sistema legal y, por tanto, del
alma humana, ya que nuestra sociedad se fundamenta en el útil concepto del hombre
como descendiente de un Dios único, ni más ni menos, que ha puesto la creación
para su servicio y disfrute. Fundamento que, como ven, fundamenta
a las mil maravillas este sociedad que sufrimos.
Todo acabo bien, si es que le decimos bien a que no haya
sangre en el suelo. Fui acusado de violencia por los quince menores,
evidentemente, pues tal era su juego y la policía los escuchó con atención y
tomó sus notas, después interrogó a los adultos presentes y a los testigos que presenciaron
la escena, finalmente compararon notas y decidieron… —Gracias a Dios, de nuevo—,
no presentar cargos contra mí por no haber evidencias físicas en el cuerpito de
la inocente hija de puta, evidencias que hubiesen sido automáticamente mías de haberlas.
Sobre los verdaderamente maltratados, ni palabra; sobre los padres de los
miembros del grupo de salvajes, muchos de ellos observando desde sus casas, ni
mu y cuando pregunté qué hacer en el caso de que ocurriese de nuevo, señalando
que era una posibilidad más que posible, ya que todos vivimos alrededor de una pequeña
plaza, el agente nos recomendó la instalación de una cámara de seguridad, que por apenas 100 euros se puede conseguir en el mercado y tiene unos resultados excelentes con un montón de clientes satisfechos.
Ahora la plaza ha sido tomada oficialmente y de por vida
por una manada de gorilas en celo; los otros menores, los que parece que no
cuentan como menores a no ser que los maltrate un adulto, tienen que cruzarla
escondidos para poder llegar a casa o dejarse maltratar hasta que haya sangre
en el suelo y, entonces sí, llamar a papá para que avise a la policía y puedan recoger las pruebas, acordonar la zona e iniciar la persecución del sospechoso
y el levantamiento del cadáver si es que la cosa se ha excedido. Cualquier
adulto presente tiene que mantenerse al margen o intervenir de puntillas, sin tocar, quizás
poniéndose a sí mismo como escudo humano, apelando enérgicamente al orden pero sin
interrumpir la libertad de expresión del menor y grabando la escena con el móvil,
si es posible, para colgarla en Instagram
con algún pensamiento profundo de alguna estrella de Batman o de Matrix, y pueda así servir de lección.
—Es la ley de la
selva, —dijo mi hijo cuando ya había pasado todo—, el grande se come al pequeño.
—¡Qué más
quisiéramos! La selva se sostiene; esto no.



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